domingo, 30 de julio de 2017

ENTRE MUJERES


Intentaré dar una visión general de lo que sucede en algunos hogares, no en el suyo,  de algunos países y ciudades de nuestro planeta Tierra, en lo referente al abuso sexual intrafamiliar y su tónica dentro del contexto familiar.

Estimada lectora, si usted se fijó en el título del presente artículo y este le sugirió que está escrito para nosotras, mujeres, tiene razón. Soy una fémina que está en su medio siglo de vida y desde hace poco asistiendo a un grupo de autoayuda, terapia, catarsis, o como se le pueda llamar; trabajando para conseguir mi salud espiritual, emocional y psicológica, la misma que se vio dañada desde mis ocho años de edad, entre otras cosas, por un hombre, esposo de mi mamá que durante el día jugaba conmigo a las escondidas, a las cogidas, me hacía cosquillas, me hacía caballito, compartía en la mesa durante los alimentos, veía el Chavo del 8; es decir, con el aprendía a reír, jugar y cantar.  Sin olvidar que cada día me traía un pan, una manzana, un pedazo de queso que me encantaba, o un paquetito de  colaciones, que eran los únicos dulces que me gustaban.

“No te olvides de guardar nuestro secretito, eran sus palabras, nunca le digas a la mamá porque ella quiere mi cariño solo para ella.  Si le dices, no te voy a poder querer nunca  más.
Una infancia preciosa. ¿Verdad?, ¿Qué opina usted?

 Sin embargo, llegada la noche, este hombre de aproximadamente cuarenta años de edad, estaba también conmigo. Calculo que era bien de noche porque yo había ya dormido bastante, cuando sentía que desde atrás de mi cuerpo uno de sus brazos pasaba por mi cuello, como si fuera un cálido abrazo, pero su mano alcanzaba hasta mis labios sujetándome fuertemente la boca. Con la mano que le quedaba libre comenzaba a manosear  mis partes íntimas y luego su miembro viril se fregaba entre mis piernas haciendo contacto con mis órganos sexuales. Yo sentía dolor y ardor por algún tiempo hasta que resbalaba en mi cuerpo un líquido apestoso y pegajoso. Ahí él se quedaba quieto, retiraba su mano de mi boca, me decía “Te quiero mucho” al oído. Algunas veces, se viraba y luego roncaba, otras,  se iba de mi cama. Esto sucedía una noche tras otra, tras otra, tras otra… Por algunos años. Hasta cuando a mis 11 años de edad dije a mi mamá que quería ser monja y después de tanto fastidiar la convencí y me dejó, con lágrimas y llanto, en un convento del que salía a mis quince años.
 El día que regresé a casa tuve la valentía de mirarle a la cara y con mi dedo índice amenazante, decirle - NO SE ATREVA  VOLVER A TOCARME - . Cuánta decisión habrá visto en mis gestos, o habrá ya tenido otra víctima… No lo sé, pero nunca más volvió a tocarme.

¿En dónde estuvo mi madre todo ese tiempo? A veces, de viaje por su trabajo, otras por visitar o cuidar a su mamá, mi abuela,  enferma y creo que otras, ahí en la casa.
Mientras tanto, este “amoroso” padrastro se mostraba tan perfecto en “Su amor”, que hasta mis mismas hermanas, sus hijas, juran hasta hoy que sienten envidia al recordar las preferencias que su papá tenía conmigo y como me amaba.

Señora lectora, con una palabra, ¿Usted lo podría calificar?

Si acaso le parece insólito, lo realmente insólito es que cuando yo tenía diecisiete años, al graduarme de bachiller, mi “amoroso padrastro” dijo delante de mi mamá  y en fuerte voz, “con autoridad”, que no permitiría que yo llevara a mi primer enamoradito a la casa.

Ante esta actitud suya, vinieron mil pensamientos y recuerdos a mi mente y en un impulso le dije a mi mamá, delante de su esposo, lo que éste me hacía de niña.

Él, con voz bajita y cara de bueno dice a mi mamá: - Ele, que le pasa, cómo le vas a creer.
¿Reacción de mi mamá?, A qué no adivina. Ella me grita que me calle, que estoy calumniado a su esposo, me pega a chirlazos en la boca hasta que uno de esos cae en mi nariz y me sale sangre. Con la sangre chorreándome por la cara, me toma del cabello, me tumba y me arrastra unos cuántos metros por el cuarto mientras va gritando algunas cosas como: malcriada, mala hija, calumniadora, malagradecida, te puedes largar a vivir con tu abuela si te da la gana, pero no te voy a permitir que hables mal de mí Angelito, el que siempre ha sido más que un padre para ti y, me deja encerrada en el cuarto bajo llave.

Ahora, a mis cincuenta y piquitos,  me pregunto. ¿Por qué a las víctimas de abuso no les creen cuando después de tanta pesadilla, al fin hablan? Y es más, ENTRE MUJERES, ¿Qué lleva a una mujer – madre-  a no creer y ponerse de parte de otra mujer –su hija- y apostar su vida, amor y credibilidad por su marido – un hombre?

¿Consecuencias en mi vida?

Algún día, mientras me sirve de sanidad, posiblemente escriba un libro para detallarles. Por ahora, les resumo que ya llevo dos divorcios a mis espaldas.

¡Despierta sociedad! , ¿Qué es una familia?, ¡¡ ATENTAS MADRES!!


Chío

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